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Leo Hans · 05 de septiembre de 2026 · Comunicación / Startups

Cómo pensar la comunicación de una startup

Antes de elegir canales, hace falta decidir qué necesita entender alguien para interesarse en tu producto y confiar en él.

Tarjetas de papel sobre una mesa de madera, con una tarjeta naranja destacada junto a un lápiz

Una startup puede tener el producto funcionando y seguir sin encontrar una buena manera de explicarlo. En la presentación habla de una plataforma. En la web, de una solución integral. En una reunión, después de veinte minutos, aparece una frase mucho más concreta: “Ayudamos a que el equipo no tenga que perseguir cada aprobación por mail”.

Yo empezaría por esa frase. Ahí hay una persona, una tarea y una dificultad reconocible. La comunicación empieza a tomar forma cuando podemos nombrar lo que cambia para alguien.

Antes de abrir canales o encargar una campaña, me parece útil resolver unas pocas decisiones. También sirven para una empresa establecida que está lanzando un producto o revisando su propuesta.

Elige una situación de compra

“Empresas de todos los tamaños” puede describir el mercado posible, pero ayuda poco a escribir. Para empezar, elige una situación en la que tu propuesta tenga especial sentido: quién tiene el problema, qué pasó para que ahora le importe y cómo lo resuelve hoy.

Imaginemos un software de aprobaciones para estudios de diseño. La situación podría ser esta: el estudio creció, hay varios proyectos simultáneos y las devoluciones de clientes quedaron repartidas entre mails y mensajes. La alternativa al producto es seguir buscando la última versión a mano. Ese contexto dice más que una lista de edades, cargos y países.

Además, quien usa el producto puede no ser quien lo paga. La persona que coordina proyectos quiere encontrar las devoluciones; quien dirige el estudio necesita saber cuánto esfuerzo lleva cambiar la forma de trabajar. Ambas preguntas merecen respuesta, aunque no tengan que ocupar el mismo título.

Define una promesa que puedas sostener

Una propuesta de valor relaciona lo que ofreces con algo que al cliente le importa. “Centraliza las devoluciones y aprobaciones de cada proyecto” permite imaginar un uso. “Revoluciona tu productividad” obliga al lector a completar casi todo.

Como ejercicio interno, escribe: para esta persona, en esta situación, ofrecemos esto, que le permite hacer aquello. Después quítale el tono de formulario. La frase final tiene que sonar como algo que dirías en una conversación.

Conviene separar la capacidad actual del producto de la visión de la empresa. Si una función todavía está en desarrollo, presentarla como disponible puede conseguir una reunión y arruinar la confianza en la siguiente. La ambición tiene lugar; la confusión sobre qué se puede usar hoy, no.

Pon una prueba al lado

Cada afirmación importante debería tener un respaldo visible. Puede ser una demostración del flujo, una captura con contexto, una explicación del proceso o un caso real con permiso para publicarlo. La prueba tiene que responder a la promesa: una lista de logos no explica cómo funciona una aprobación.

Si todavía no hay clientes, mostrar el producto con datos de ejemplo claramente identificados es una opción honesta. En nuestro software imaginario, alcanzaría con recorrer un proyecto desde el envío de una pieza hasta su aprobación. Eso permite evaluar algo concreto sin inventar testimonios ni cifras.

También mostraría los límites relevantes. Saber qué archivos admite, qué necesita configurar el equipo y qué ocurre con sus proyectos anteriores ayuda a decidir si vale la pena avanzar.

Ordena el mensaje antes de multiplicarlo

Para una primera versión, trabajaría con una hoja compartida por quienes venden, diseñan y construyen el producto. Tendría estas respuestas:

  • A quién estamos intentando ayudar primero y en qué situación.
  • Qué ofrecemos hoy, explicado en una frase.
  • Qué cambia frente a la alternativa que esa persona ya usa.
  • Qué podemos mostrar para respaldarlo.
  • Qué dudas aparecen antes de probar o comprar.
  • Qué paso proponemos y qué sucede después.

Si las respuestas del equipo son incompatibles, todavía hay una decisión de negocio pendiente. Ajustar adjetivos no la va a resolver. Esa hoja sirve justamente para detectar el desacuerdo antes de convertirlo en cinco piezas distintas.

Elige canales que puedas atender

Con el mensaje ordenado, la elección de canales se vuelve más concreta. Para el estudio de diseño del ejemplo, probaría primero la explicación en conversaciones con personas que coordinan proyectos. Una página breve y una demostración pueden ser suficientes para acompañarlas. Es una hipótesis de trabajo, que habría que revisar con lo que ocurra en esas conversaciones.

Publicar exige además una operación: alguien responde consultas, actualiza información y toma nota de lo que no se entiende. Prefiero un canal bien atendido a una presencia que promete cercanía y deja preguntas sin respuesta.

Al evaluar, miraría qué personas consultan, qué interpretaron de la propuesta y dónde se traban. Si llegan contactos que esperan otro producto, vale la pena revisar el mensaje y su distribución. Si entienden la oferta pero no quieren cambiar, quizás el problema esté en el costo de adopción o en la oferta misma.

Qué resolver primero

La primera entrega útil puede ser pequeña: una definición de público, una promesa respaldada, una página y un siguiente paso que el equipo pueda cumplir. Con eso ya hay algo para poner frente a personas reales y corregir con criterio.

Después aparece otra tarea: mantener esa decisión coherente en cada punto de contacto. Sobre eso escribí en qué aporta el branding a una empresa. Y si el trabajo inmediato es la página, puedes seguir con cómo explicar un producto en su web.

Si tu equipo está dando vueltas alrededor de la explicación, podemos trabajar en esa definición. Es un buen lugar para empezar antes de producir más comunicación.